Vivo en todavía el país más bello sobre la tierra. Cada una de mis mañanas, veo a través de la ventana de mi cuarto a un ser vivo en su manifestación permanente, de las mismas que caracterizan a los hombres gallardos: tender hacia el firmamento.
Benditos los árboles, que inspiran con su ejemplo de candorosidad, definida por don Arturo Moncada, escritor de la primera historia de San Ramón de Alajuela, como "esa expresión ingenua de la virtud que nace en los corazones que no han sido mancillados por las pasiones en la lucha agitada de la existencia". Aunque no esté de acuerdo con asignar cualidades humanas a otros seres vivos, de cierto es que sí hay virtudes en la naturaleza, con tendencias a la persistencia de la vida misma sobre el planeta; sin hablar de sinergias, sino de una parte de la nobleza innata de los seres vivos, libre de razonamientos humanos para su concepción misma.
Ese árbol que me acompaña al otro lado de la ventana, fiel amigo, que me nutre en mis sueños de aire fresco, hogar de muchas orquídeas, lagartijas e innumerables insectos, percha de yigüirros, chorchas y soterreyes.
Ese árbol ayuda a mantener la ruralidad en mi ciudad de San José, capital de un país que agoniza ante un boom estúpido por el cemento, en donde los seductores paisajes tropicales de antaño ceden paso a la codicia, a ciertos goces de Europa, así como a la crisis cultural de un pueblo esclavizado por paradigmas en nuestro sistema de gobierno.
Si el asunto fuera sólo de pobreza material, sólo nos tendría incauta la angustia de nuestros campesinos abuelos, pero el asunto consiste hoy en día en la pérdida de valores, producto de un sistema insensible al amor por la vida; producto de ello, la indiferencia por nuestra ruralidad.
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